La incertidumbre del Alumno-Cobaya (II): evaluación y exigencia.
Desde que surgió la idea de comentar en este blog mis dudas acerca del proyecto educativo en que nos hemos embarcado ha habido una que ha rondado insistentemente mi cabeza: los criterios de evaluación. Resulta irónico que mis dudas sean compartidas por otras personas y me entere de ello en un lugar llamado memheces, ciertamente no encuentro mejor calificativo para muchas de mis cavilaciones
Bromas aparte, creo que es obvio que la evaluación es un tema peliagudo en la educación en general y se convierte en un punto de acción importante para cualquier proceso de innovación educativa (haya o no tecnologías nuevas involucradas).
Al tener noticias de los apuntes de Concepción Abraira creí que encontraría una respuesta a mis dudas sobre la evaluación. Sin embargo al leerlos descubrí que explicaban una parte fundamental de la evaluación (”el cómo”) pero no aclaraban lo que a mí me preocupaba: la exigencia. Antes de comenzar este curso ya había discutido en alguna ocasión acerca de la exigencia en la enseñanza. No creo que sea un problema en nuestra escuela y tengo una idea muy somera de cómo de exigentes son otras carreras pero sí puedo hablar de la educación preuniversitaria. En calidad de ex-alumno y de hijo de profesor de instituto tengo, creo, un conocimiento suficiente del tema. Es llamativa la situación educativa en España y, en mi opinión, gran parte de los esfuerzos para “mantener a los alumnos en las aulas” y mejorar las estadísticas son a costa de reducir la exigencia. En los apuntes señalados se nos habla de la “Evaluación Integradora” usada en la E.S.O. donde “no se exige que se alcancen los objetivos propios de todas y cada una de las áreas”. La aplicación de ese tipo de evaluación es, para mí, un error que acaba dando como resultado clases donde los que quieren aprender se ven lastrados y los que no quieren no aprenden.
Soltado el rollo político-panfletario trataré de centrarme en lo que nos ocupa: un proceso de EPR en el ámbito de la universidad involucrando, de ser posible, a las tecnologías de la Web 2.0. Las posibilidades de evaluación son muchas: dado que cada alumno construye su propio conocimiento, ¿qué debemos valorar (y premiar con buena nota, puesto que, desgraciadamente, las notas son necesarias) aquel que lo construye de una forma más activa pero endeble (muchas participación y colaboración pero de poca profundidad en los conocimientos) o a aquel que construya un conocimiento a base de pocas participaciones pero de mayor calado? La decisión no me corresponde a mí, ni creo estar capacitado para tomarla, pero me gustaría señalar que, en mi opinión, la evaluación debe estar basada en la demostración de dos aspectos por parte del alumno: un determinado nivel de conocimientos y su implicación en el aprendizaje de los mismos. Ambos aspectos son obvios, desde luego no he inventado la rueda, pero me gustaría añadir algo más: la definición de los criterios evaluativos en nuestro reingeniería de procesos educativos debe partir de una premisa: NO reducir las exigencias.
En conclusión, me gustaría añadir un punto a la imaginaria hoja de ruta que propuse: la evaluación puede realizarse como se crea conveniente pero siempre sin perder la perspectiva de la exigencia. Para ser mejores debemos exigirnos más. (sin asfixiar, que conste).